Este relato lo escribí con el objetivo de presentarlo a la revista online que recién iba estrenarse, "La Página Escrita" Buscaban relatos cortos de escritores jóvenes, y me presenté. Este relato consiguió hacerse con el honor de ser el mejor relato de todos los participantes menores de quince años y salir publicado en la revista.
Lo escribí en verano del 2012, y desde entonces, por los estudios, no he podido enviar otro.
Por si queréis verlo en su formato original, esta es la dirección de la revista:
http://www.lapaginaescrita.com/wp-content/plugins/custom-content-library/magazine/octubre2012/
Pág 58 :)
Y si no queréis, os lo dejo aquí para que lo valoréis. ¡Todos los comentarios se agradecen!
La casa era
totalmente negra y estaba rodeada de niebla. Sus ventanas ojivales dejaban entrever el resplandor de las velas que alumbraban su
interior. Con dos pisos de altura, cinco
torres elevaban sus agujas hacia el cielo. La fachada de la casa estaba recubierta de tejas negras en
las que las grietas abundaban por doquier. Los alfeizares de las ventanas
estaban repletos de flores marchitas, de color ceniciento. Distribuidas en la
fachada de la planta baja, cuatro antorchas
ardían con llamas azules y goteaban un líquido gris. Había una gran
puerta doble por la que se accedía al interior. La madera estaba carbonizada. Y
las motas de ceniza se desprendían continuamente de ellas sin dejar ninguna grieta en las grandes puertas.
Desde su
posición privilegiada en las torres, gárgolas de miradas burlonas espiaban al joven
que se acercaba por el camino pedregoso.
Un camino
serpenteante de piedras oscuras llegaba
hasta la casa. Las piedras resplandecían de oscuridad. A su alrededor todo era
negro. Sólo cuando el joven estuvo a apenas unos metros de la casa, ésta
apareció ante sus ojos.
Había
recorrido un largo camino y todavía no sabía a donde le llevaría el destino.
A ambos
lados del camino de piedras la tierra
estaba muerta, no abundaban los árboles
pero todos los que allí había carecían de hojas y sus troncos estaban
carbonizados y carcomidos por…animales…unos animales que no había visto en todo
su camino. Como si se hubieran desvanecido en el aire. O como si no nunca
hubieran existido.
El muchacho
no recordaba cuando había empezado a viajar, y como había encontrado el camino
de piedras oscuras. Sus piernas no se cansaban, su cuerpo no le pedía alimento,
sus pulmones no le suplicaban un respiro.
Lo más raro
fue el lago. Tras caminar durante lo que podrían haber sido milenios en aquel
camino y rodeado de un páramo de tierra
muerta, llegó a un lago. Se aproximó a la orilla y trató de vislumbrar la otra
orilla y no lo consiguió. Intentó calcular la amplitud del lago y tampoco lo
logró. Se fijó en el agua del lago, burbujeaba levemente en pequeñas zonas aisladas y el resto del agua
no se movía. El agua era del color del carbón. Mientras se planteaba si debía
intentar bordear el lago un ruido lo distrajo. Un sonido cortante y constante,
como si fuera un motosierra. El ruido surcaba el aire y se aproximaba al
muchacho, cada vez con más fuerza. Lentamente vio una pequeña forma que
atravesaba el lago. Cuando se aproximó más, el joven se dio cuenta de que era
una lancha motora. Se deslizaba sobre el agua sin provocar movimiento en su
superficie. En la cubierta de la pequeña embarcación, el muchacho avistó una
forma humana. Cuando la lancha se aproximó más, el joven vio a un chico que aparentaba unos veinte
años, vestido con unos vaqueros caídos y con una camiseta de colores chillones. En su cabeza llevaba una gorra de un equipo de beisbol y
en sus manos tenia un móvil, en él, iba escribiendo a toda velocidad algo en la
pantalla táctil. El joven se fijó en que
la embarcación no tenía motor, y tampoco remos. Nada indicaba cómo se
propulsaba sobre el agua negra. La embarcación chocó contra la orilla y el
chico de la lancha levantó la vista del móvil
y lo miró. En su rostro se dibujó la sorpresa. Una voz que no
correspondía con su aspecto surgió de su garganta; áspera, escalofriante y
fantasmal.
-¿Cómo has
llegado tú hasta aquí?- Lo miró de arriba abajo y sonrió con malicia- Otro que
se cuela… a M no le va a hacer ninguna gracia…-el chico de la lancha sonrió perversamente-
me gusta…a ver si aprende que no soy ningún saco de huesos de esos de su corte.
El chico se
rió y sus ojos llamearon. Se volvió de
nuevo hacia su móvil y siguió tecleando.
-Aunque… tú no
deberías estar aquí, así que te cobraré la tarifa máxima. Serán cincuenta euros,
forastero.
-¿Perdón?
El chico
despegó los ojos del móvil y le miró como si fuera corto de entendederas.
-Para pasar,
paga. A no ser, por supuesto, que quieras quedarte en este lugar eternamente.-
dijo, volviendo a su móvil.
El joven,
estupefacto se preguntó qué hacer. No podía dar vueltas por aquel páramo
muerto. Y tampoco podía vadear el lago, era demasiado grande, se dio cuenta.
Sintió una fuerte intuición y se llevó
la mano al bolsillo de sus pantalones. Sacó con asombro un billete de
cincuenta. No recordaba tenerlo ahí
antes. Antes de que pudiera observarlo con detenimiento, el chico de la lancha
se lo quitó de las manos y se lo guardó rápidamente en los bolsillos de sus
vaqueros. El chico sonreía.
-Sube, y rapidito.
El muchacho,
todavía sorprendido, se dejó guiar por el chico al interior del bote y observó
como, sin ningún tipo de impulso, la
lancha se adentró en las aguas del lago
Los únicos
sonidos que escuchó durante la travesía fueron los del teclado del teléfono de
su acompañante y el sonido chirriante que producían las aguas. Pudieron ser
horas, días o tal vez semanas. El joven no lo sabía. Seguía su camino.
Después de
lo que creyó sería una eternidad, la embarcación chocó con la otra orilla.
Y ahora, tras haber seguido deambulando por el
camino de piedras del páramo muerto, había encontrado la casa. Miró hacia arriba y vio el cielo totalmente
negro. Sin Luna. Sin estrellas. Vacío. Solo una extensa llanura negra sobre su
cabeza. Se dirigió hacia las grandes puertas y se detuvo. ¿Debía llamar?
Sobre una de las puertas había un tirador con
forma de diablillo sacando la lengua. El joven dudó un instante y después
llamó.
Esperó unos
instantes y una de las puertas dobles se abrió con un chirrido. El joven
se echó hacia atrás al ver a la criatura
que estaba en el umbral de la puerta. Un esqueleto. El esqueleto se dirigió al
joven con voz de mayordomo.
-Adelante,
caballero, le están esperando.
El muchacho,
todavía impactado, tardó un poco en responder. Después, lentamente, se acercó a
la puerta y la cruzó alejándose todo lo que pudo del esqueleto. Tres perros le
ladraron en cuanto cruzó las puertas. Las puertas daban a un amplio recibidor y
enfrente del muchacho tres cabezas de perro le gruñían airadas. El joven se dio
cuenta, aterrado, de que las tres cabezas se asentaban sobre un solo cuerpo. El
perro de tres cabezas gruñó y se dispuso a saltar sobre el muchacho. Antes de
que pudiera hacerlo, el esqueleto se interpuso entre los dos y le pasó una
correa por su cabeza central y lo ató a la puerta, lejos del recién llegado.
-Quieto,
chico, M quiere verlo, así que quieto o no te daré a los condenados.
Cuando oyó
esto, el perro empezó a gemir y se sentó en el suelo, suplicante. El esqueleto
se alejó del perro y se acercó al muchacho, que se había quedado paralizado
apoyado en la pared, y le hizo una seña para que lo siguiera. Deseando alejarse
del perro de las tres cabezas, el
muchacho fue tras el esqueleto.
El esqueleto lo condujo por la mansión. El
interior era lujoso. Lámparas doradas
iluminaban los corredores. Las puertas eran de madera maciza. Pero en su
interior se oían aullidos de dolor. Cada puerta estaba marcada con carteles de
oro que tenían grabado nombres que resultaban incomprensibles para el joven. Osiris.
Ah Puch. Hades Alá. Hela. Yavhé. Iama.
Ixtab. Mictlantecuhtli. Shinigami. De todas
las puertas coros de miles de voces gritaban de dolor y de ellas emergía un hedor
a putrefacción. Algunas de las puertas olían más fuerte que otras. Las paredes estaban revestidas con
papel pintado de color rojo que daba la impresión de ser un gigantesco tapiz. Tras pasar por centenares de puertas llegaron
a unas escaleras, por las que ascendieron. Las escaleras eran de cristal y una moqueta violeta la recorría de arriba a abajo.
El piso de arriba estaba totalmente pintado de colores oscuros y las telarañas
se agrupaban en las esquinas, a diferencia del piso inferior, pulcramente
limpio.
Allí no
había lámparas, tan solo la cálida luz de las velas que, situadas por los
suelos, por las mesitas y por los candelabros, iluminaban el primer piso. Por primera vez desde que
deambulaban por la casa, el joven y el esqueleto pasaron cerca de una ventana.
El muchacho se asomó por ella y vio, a través la niebla que rodeaba la casa, un
agujero que se hundía hacia abajo, y allí cientos de cuerpos fantasmales pugnando
por escapar del foso. Pero tres arpías apostadas sobre el foso les hacían
retroceder. El muchacho se apartó de la ventana, asustado y siguió al
esqueleto, que ya se alejaba por el pasillo. Apenas había habitaciones. Los corredores se intrincaban
de tal manera que formaban un laberinto. El esqueleto parecía conocer muy
bien a donde debía ir pues pasaron por
decenas de encrucijadas sin que dudara una sola vez.
Finalmente,
se detuvo delante de una puerta totalmente negra que tenia una M plateada. El
joven se acercó a la puerta y la examinó, era madera podrida. La tocó, y esperó
que se viniera abajo, pero en vez de ello, la puerta siguió intacta y dejó sus dedos manchados de un
extraño líquido negro. Cuando se dio la vuelta para preguntarle al esqueleto,
se dio cuenta de que él ya no estaba detrás. Estaba solo. Se preguntó qué
hacer. Finalmente, se encogió de hombros y llamó a la puerta.
Ninguna voz
contestó. Pero la puerta se abrió sola. Y tras ella una lujosa habitación decorada toda de negro
rezumaba el olor a rosas muertas. El joven cruzó el umbral, cauteloso. Y una
mujer distrajo toda su atención. Estaba
dejando una larga capa negra sobre un colgador plateado. La chica se dio
la vuelta y el joven sintió cómo su
instinto le gritaba que huyera de allí. La chica tenia el pelo tan rubio
que parecía formado por hilos de oro. Vestía pantalones tejanos negros y una camiseta
lisa también negra. Tenía una sonrisa
dulce y sus ojos eran dos pozos sin fondo de color negro. La chica lo miró, divertida.
-Vaya, así que tú eres el mortal que Caronte ha dejado
pasar, ¿eh? Ya se puede ir olvidando de
ese trasto al que llama iPhone- dijo con una voz melodiosa y con un
toque malévolo en su sonrisa.
El muchacho
dio un paso hacia atrás.
-¿Qué es
este lugar?
La chica se dirigió a un sofá de cuero negro y
se dejó caer.
-El
inframundo - dijo, sonriendo con malicia.
El joven
miró detrás de ella y encontró una guadaña apoyada en el sofá. La hoja estaba
manchada de una sustancia gelatinosa y gris.
-¿Quién eres?-
preguntó, intentando contener el temblor de su voz.
La chica
apareció a su lado. El chico miró el sofá,
y se preguntó, mientras un escalofrío le recorría la espina dorsal, cómo
podía haberse trasladado toda esa distancia en apenas un segundo. De ella emanaba
un aire helado. Y no respiraba. La chica
acercó los labios al oído del joven.
- Me llaman
la Muerte- susurró. Ella sonrió- Y ha
llegado la hora de que te reúnas con el resto de las almas en pena.
La guadaña atravesó su cuerpo y Muerte arrojó su alma al foso de
almas suplicantes, mientras las arpías se abalanzaban sobre él.