miércoles, 26 de junio de 2013

Microrrelato 2: "Desvanecidos"

Este microrrelato lo escribí en febrero de 2013, también para el concurso de microrrelatos de mi instituto, el cual no logré ganar.
Se titula "Desvanecidos" y dice así:



" Se hundían. Pugnaban por salir a flote. Pero la marea los arrastraba inexorablemente hacia abajo. Su lucha era inútil. La Oscuridad no los dejaría marchar. "



Una vez más, lo interesante en un microrrelato es lo que le sugestiona al lector, que le haga pensar y le provoque preguntas. Espero os guste, tanto si fue así como si no, ¡déjame un comentario!

Microrrelato 1:[Sin título]

Este es un microrrelato que escribí en febrero del 2012, y como comprobareis, es muy 'micro'. Con el gané un concurso de microrrelatos de mi instituto. El tema del concurso era "LECTURAS"
No le puse título, y dice así:

"  Se perdía dentro de el cada vez que lo abría, y una vez, ya no regresó. "


Creo que lo interesante de este microrrelato son las ideas que suscita.Espero que os haya gustado, o que os haya dejado pensando. En todo caso, ¡dejadme un comentario!

lunes, 10 de junio de 2013

Relato 3: "M"

Este relato lo escribí con el objetivo de presentarlo a la revista online que recién iba estrenarse, "La Página Escrita" Buscaban relatos cortos de escritores jóvenes, y  me presenté. Este relato consiguió hacerse con el honor de ser el mejor relato de todos los participantes menores de quince años y salir publicado en la revista.
Lo escribí en verano del 2012, y desde entonces, por los estudios, no he podido enviar otro.
Por si queréis verlo en su formato original, esta es la dirección de la revista: http://www.lapaginaescrita.com/wp-content/plugins/custom-content-library/magazine/octubre2012/
Pág 58 :)

Y si no queréis, os lo dejo aquí para que lo valoréis. ¡Todos los comentarios se agradecen!



La casa era totalmente negra y estaba rodeada de niebla. Sus ventanas ojivales  dejaban entrever el  resplandor de las velas que alumbraban su interior. Con dos pisos de altura,  cinco torres elevaban sus agujas hacia el cielo. La fachada de  la casa estaba recubierta de tejas negras en las que las grietas abundaban por doquier. Los alfeizares de las ventanas estaban repletos de flores marchitas, de color ceniciento. Distribuidas en la fachada de la planta baja,  cuatro antorchas ardían  con llamas azules  y goteaban un líquido gris. Había una gran puerta doble por la que se accedía al interior. La madera estaba carbonizada. Y las motas de ceniza se desprendían continuamente  de ellas sin dejar ninguna grieta en  las grandes puertas.
Desde su posición privilegiada en las torres, gárgolas de miradas burlonas espiaban al joven que se acercaba por el camino pedregoso.
Un camino serpenteante de piedras  oscuras llegaba hasta la casa. Las piedras resplandecían de oscuridad. A su alrededor todo era negro. Sólo cuando el joven estuvo a apenas unos metros de la casa, ésta apareció ante sus ojos.
Había recorrido un largo camino y todavía no sabía a donde le llevaría  el destino.
A ambos lados del camino de piedras  la tierra estaba  muerta, no abundaban los árboles pero todos los que allí había carecían de hojas y sus troncos estaban carbonizados y carcomidos por…animales…unos animales que no había visto en todo su camino. Como si se hubieran desvanecido en el aire. O como si no nunca hubieran existido.
El muchacho no recordaba cuando había empezado a viajar, y como había encontrado el camino de piedras oscuras. Sus piernas no se cansaban, su cuerpo no le pedía alimento, sus pulmones no le suplicaban un respiro.
Lo más raro fue el lago. Tras caminar durante lo que podrían haber sido milenios en aquel camino y rodeado  de un páramo de tierra muerta, llegó a un lago. Se aproximó a la orilla y trató de vislumbrar la otra orilla y no lo consiguió. Intentó calcular la amplitud del lago y tampoco lo logró. Se fijó en el agua del lago, burbujeaba levemente  en pequeñas zonas aisladas y el resto del agua no se movía. El agua era del color del carbón. Mientras se planteaba si debía intentar bordear el lago un ruido lo distrajo. Un sonido cortante y constante, como si fuera un motosierra. El ruido surcaba el aire y se aproximaba al muchacho, cada vez con más fuerza. Lentamente vio una pequeña forma que atravesaba el lago. Cuando se aproximó más, el joven se dio cuenta de que era una lancha motora. Se deslizaba sobre el agua sin provocar movimiento en su superficie. En la cubierta de la pequeña embarcación, el muchacho avistó una forma humana. Cuando la lancha se aproximó más, el joven  vio a un chico que aparentaba unos veinte años, vestido con unos vaqueros caídos y con una camiseta   de colores chillones. En su cabeza  llevaba una gorra de un equipo de beisbol y en sus manos tenia un móvil, en él, iba escribiendo a toda velocidad algo en la pantalla táctil.  El joven se fijó en que la embarcación no tenía motor, y tampoco remos. Nada indicaba cómo se propulsaba sobre el agua negra. La embarcación chocó contra la orilla y el chico de la lancha levantó la vista del móvil  y lo miró. En su rostro se dibujó la sorpresa. Una voz que no correspondía con su aspecto surgió de su garganta; áspera, escalofriante y fantasmal.
-¿Cómo has llegado tú hasta aquí?- Lo miró de arriba abajo y sonrió con malicia- Otro que se cuela… a M no le va a hacer ninguna gracia…-el chico de la lancha sonrió perversamente- me gusta…a ver si aprende que no soy ningún saco de huesos de esos de su corte.
El chico se rió y  sus ojos llamearon. Se volvió de nuevo hacia su móvil y siguió tecleando.
-Aunque… tú no deberías estar aquí, así que te cobraré la tarifa máxima. Serán cincuenta euros, forastero.
-¿Perdón?
El chico despegó los ojos del móvil y le miró como si fuera corto de entendederas.
-Para pasar, paga. A no ser, por supuesto, que quieras quedarte en este lugar eternamente.- dijo, volviendo a su móvil.
El joven, estupefacto se preguntó qué hacer. No podía dar vueltas por aquel páramo muerto. Y tampoco podía vadear el lago, era demasiado grande, se dio cuenta. Sintió una fuerte intuición y se llevó  la mano al bolsillo de sus pantalones. Sacó con asombro un billete de cincuenta. No recordaba  tenerlo ahí antes. Antes de que pudiera observarlo con detenimiento, el chico de la lancha se lo quitó de las manos y se lo guardó rápidamente en los bolsillos de sus vaqueros. El chico sonreía.
-Sube, y rapidito.
El muchacho, todavía sorprendido, se dejó guiar por el chico al interior del bote y observó como, sin  ningún tipo de impulso, la lancha se adentró en las aguas del lago
Los únicos sonidos que escuchó durante la travesía fueron los del teclado del teléfono de su acompañante y el sonido chirriante que producían las aguas. Pudieron ser horas, días o tal vez semanas. El joven no lo sabía. Seguía su camino.
Después de lo que creyó sería una eternidad, la embarcación chocó con  la otra orilla.
 Y ahora, tras haber seguido deambulando por el camino de piedras del páramo muerto, había encontrado la casa.  Miró hacia arriba y vio el cielo totalmente negro. Sin Luna. Sin estrellas. Vacío. Solo una extensa llanura negra sobre su cabeza. Se dirigió hacia las grandes puertas y se detuvo. ¿Debía llamar?
 Sobre una de las puertas había un tirador con forma de diablillo sacando la lengua. El joven dudó un instante y después llamó.
Esperó unos instantes y una de las puertas dobles se abrió con un chirrido.  El joven  se echó hacia atrás al ver  a la criatura que estaba en el umbral de la puerta. Un esqueleto. El esqueleto se dirigió al joven con voz de mayordomo.
-Adelante, caballero, le están esperando.
El muchacho, todavía impactado, tardó un poco en responder. Después, lentamente, se acercó a la puerta y la cruzó alejándose todo lo que pudo del esqueleto. Tres perros le ladraron en cuanto cruzó las puertas. Las puertas daban a un amplio recibidor y enfrente del muchacho tres cabezas de perro le gruñían airadas. El joven se dio cuenta, aterrado, de que las tres cabezas se asentaban sobre un solo cuerpo. El perro de tres cabezas gruñó y se dispuso a saltar sobre el muchacho. Antes de que pudiera hacerlo, el esqueleto se interpuso entre los dos y le pasó una correa por su cabeza central y lo ató a la puerta, lejos del recién llegado.
-Quieto, chico, M quiere verlo, así que quieto o no te daré a los condenados.
Cuando oyó esto, el perro empezó a gemir y se sentó en el suelo, suplicante. El esqueleto se alejó del perro y se acercó al muchacho, que se había quedado paralizado apoyado en la pared, y le hizo una seña para que lo siguiera. Deseando alejarse del perro de las tres  cabezas, el muchacho fue tras el esqueleto.
 El esqueleto lo condujo por la mansión. El interior era lujoso. Lámparas doradas  iluminaban los corredores. Las puertas eran de madera maciza. Pero en su interior se oían aullidos de dolor. Cada puerta estaba marcada con carteles de oro que tenían grabado nombres que resultaban incomprensibles para el joven. Osiris. Ah Puch. Hades Alá. Hela. Yavhé. Iama.  Ixtab. Mictlantecuhtli. Shinigami. De todas las puertas  coros de miles de voces  gritaban de dolor y de ellas emergía un hedor a putrefacción. Algunas de las puertas olían más fuerte que otras. Las paredes estaban revestidas con papel pintado de color rojo que daba la impresión de ser un gigantesco tapiz.  Tras pasar por centenares de puertas llegaron a unas escaleras, por las que ascendieron. Las escaleras eran de cristal y  una moqueta violeta la recorría de arriba a abajo. El piso de arriba estaba totalmente pintado de colores oscuros y las telarañas se agrupaban en las esquinas, a diferencia del piso inferior, pulcramente limpio.
Allí no había lámparas, tan solo la cálida luz de las velas que, situadas por los suelos, por las mesitas y por los candelabros, iluminaban  el primer piso. Por primera vez desde que deambulaban por la casa, el joven y el esqueleto pasaron cerca de una ventana. El muchacho se asomó por ella y vio, a través la niebla que rodeaba la casa, un agujero que se hundía hacia abajo, y allí cientos de cuerpos fantasmales pugnando por escapar del foso. Pero tres arpías apostadas sobre el foso les hacían retroceder. El muchacho se apartó de la ventana, asustado y siguió al esqueleto, que ya se alejaba por el pasillo. Apenas  había habitaciones. Los corredores se intrincaban de tal manera que formaban un laberinto. El esqueleto parecía conocer muy bien  a donde debía ir pues pasaron por decenas de encrucijadas sin que dudara una sola vez.
Finalmente, se detuvo delante de una puerta totalmente negra que tenia una M plateada. El joven se acercó a la puerta y la examinó, era madera podrida. La tocó, y esperó que se viniera abajo, pero en vez de ello, la puerta siguió  intacta y dejó sus dedos manchados de un extraño líquido negro. Cuando se dio la vuelta para preguntarle al esqueleto, se dio cuenta de que él ya no estaba detrás. Estaba solo. Se preguntó qué hacer. Finalmente, se encogió de hombros y llamó a la puerta.
Ninguna voz contestó. Pero la puerta se abrió sola. Y tras ella  una lujosa habitación decorada toda de negro rezumaba el olor a rosas muertas. El joven cruzó el umbral, cauteloso. Y una mujer distrajo toda su atención. Estaba  dejando una larga capa negra sobre un colgador plateado. La chica se dio la vuelta y el joven sintió cómo su  instinto le gritaba que huyera de allí. La chica tenia el pelo tan rubio que parecía formado por hilos de oro. Vestía pantalones tejanos negros y una camiseta lisa  también negra. Tenía una sonrisa dulce y sus ojos eran dos pozos sin fondo de color  negro. La chica lo miró, divertida.
-Vaya, así  que tú eres el mortal que Caronte ha dejado pasar, ¿eh? Ya se puede ir olvidando de  ese trasto al que llama iPhone- dijo con una voz melodiosa y con un toque malévolo en su sonrisa.
El muchacho dio un paso hacia atrás.
-¿Qué es este lugar?
 La chica se dirigió a un sofá de cuero negro y se dejó caer.
-El inframundo - dijo, sonriendo con malicia.
El joven miró detrás de ella y encontró una guadaña apoyada en el sofá. La hoja estaba manchada de una sustancia gelatinosa y gris.
-¿Quién eres?- preguntó, intentando contener el temblor de su voz.
La chica apareció a su lado. El chico miró el sofá,  y se preguntó, mientras un escalofrío le recorría la espina dorsal, cómo podía haberse trasladado toda esa distancia en apenas un segundo. De ella emanaba un aire helado.  Y no respiraba. La chica acercó los labios al oído del joven.
- Me llaman la Muerte- susurró. Ella sonrió-  Y ha llegado la hora de que te reúnas con el resto de las almas en pena.
 La guadaña atravesó su  cuerpo y Muerte arrojó su alma al foso de almas suplicantes, mientras las arpías se abalanzaban sobre él.