miércoles, 26 de junio de 2013

Microrrelato 2: "Desvanecidos"

Este microrrelato lo escribí en febrero de 2013, también para el concurso de microrrelatos de mi instituto, el cual no logré ganar.
Se titula "Desvanecidos" y dice así:



" Se hundían. Pugnaban por salir a flote. Pero la marea los arrastraba inexorablemente hacia abajo. Su lucha era inútil. La Oscuridad no los dejaría marchar. "



Una vez más, lo interesante en un microrrelato es lo que le sugestiona al lector, que le haga pensar y le provoque preguntas. Espero os guste, tanto si fue así como si no, ¡déjame un comentario!

Microrrelato 1:[Sin título]

Este es un microrrelato que escribí en febrero del 2012, y como comprobareis, es muy 'micro'. Con el gané un concurso de microrrelatos de mi instituto. El tema del concurso era "LECTURAS"
No le puse título, y dice así:

"  Se perdía dentro de el cada vez que lo abría, y una vez, ya no regresó. "


Creo que lo interesante de este microrrelato son las ideas que suscita.Espero que os haya gustado, o que os haya dejado pensando. En todo caso, ¡dejadme un comentario!

lunes, 10 de junio de 2013

Relato 3: "M"

Este relato lo escribí con el objetivo de presentarlo a la revista online que recién iba estrenarse, "La Página Escrita" Buscaban relatos cortos de escritores jóvenes, y  me presenté. Este relato consiguió hacerse con el honor de ser el mejor relato de todos los participantes menores de quince años y salir publicado en la revista.
Lo escribí en verano del 2012, y desde entonces, por los estudios, no he podido enviar otro.
Por si queréis verlo en su formato original, esta es la dirección de la revista: http://www.lapaginaescrita.com/wp-content/plugins/custom-content-library/magazine/octubre2012/
Pág 58 :)

Y si no queréis, os lo dejo aquí para que lo valoréis. ¡Todos los comentarios se agradecen!



La casa era totalmente negra y estaba rodeada de niebla. Sus ventanas ojivales  dejaban entrever el  resplandor de las velas que alumbraban su interior. Con dos pisos de altura,  cinco torres elevaban sus agujas hacia el cielo. La fachada de  la casa estaba recubierta de tejas negras en las que las grietas abundaban por doquier. Los alfeizares de las ventanas estaban repletos de flores marchitas, de color ceniciento. Distribuidas en la fachada de la planta baja,  cuatro antorchas ardían  con llamas azules  y goteaban un líquido gris. Había una gran puerta doble por la que se accedía al interior. La madera estaba carbonizada. Y las motas de ceniza se desprendían continuamente  de ellas sin dejar ninguna grieta en  las grandes puertas.
Desde su posición privilegiada en las torres, gárgolas de miradas burlonas espiaban al joven que se acercaba por el camino pedregoso.
Un camino serpenteante de piedras  oscuras llegaba hasta la casa. Las piedras resplandecían de oscuridad. A su alrededor todo era negro. Sólo cuando el joven estuvo a apenas unos metros de la casa, ésta apareció ante sus ojos.
Había recorrido un largo camino y todavía no sabía a donde le llevaría  el destino.
A ambos lados del camino de piedras  la tierra estaba  muerta, no abundaban los árboles pero todos los que allí había carecían de hojas y sus troncos estaban carbonizados y carcomidos por…animales…unos animales que no había visto en todo su camino. Como si se hubieran desvanecido en el aire. O como si no nunca hubieran existido.
El muchacho no recordaba cuando había empezado a viajar, y como había encontrado el camino de piedras oscuras. Sus piernas no se cansaban, su cuerpo no le pedía alimento, sus pulmones no le suplicaban un respiro.
Lo más raro fue el lago. Tras caminar durante lo que podrían haber sido milenios en aquel camino y rodeado  de un páramo de tierra muerta, llegó a un lago. Se aproximó a la orilla y trató de vislumbrar la otra orilla y no lo consiguió. Intentó calcular la amplitud del lago y tampoco lo logró. Se fijó en el agua del lago, burbujeaba levemente  en pequeñas zonas aisladas y el resto del agua no se movía. El agua era del color del carbón. Mientras se planteaba si debía intentar bordear el lago un ruido lo distrajo. Un sonido cortante y constante, como si fuera un motosierra. El ruido surcaba el aire y se aproximaba al muchacho, cada vez con más fuerza. Lentamente vio una pequeña forma que atravesaba el lago. Cuando se aproximó más, el joven se dio cuenta de que era una lancha motora. Se deslizaba sobre el agua sin provocar movimiento en su superficie. En la cubierta de la pequeña embarcación, el muchacho avistó una forma humana. Cuando la lancha se aproximó más, el joven  vio a un chico que aparentaba unos veinte años, vestido con unos vaqueros caídos y con una camiseta   de colores chillones. En su cabeza  llevaba una gorra de un equipo de beisbol y en sus manos tenia un móvil, en él, iba escribiendo a toda velocidad algo en la pantalla táctil.  El joven se fijó en que la embarcación no tenía motor, y tampoco remos. Nada indicaba cómo se propulsaba sobre el agua negra. La embarcación chocó contra la orilla y el chico de la lancha levantó la vista del móvil  y lo miró. En su rostro se dibujó la sorpresa. Una voz que no correspondía con su aspecto surgió de su garganta; áspera, escalofriante y fantasmal.
-¿Cómo has llegado tú hasta aquí?- Lo miró de arriba abajo y sonrió con malicia- Otro que se cuela… a M no le va a hacer ninguna gracia…-el chico de la lancha sonrió perversamente- me gusta…a ver si aprende que no soy ningún saco de huesos de esos de su corte.
El chico se rió y  sus ojos llamearon. Se volvió de nuevo hacia su móvil y siguió tecleando.
-Aunque… tú no deberías estar aquí, así que te cobraré la tarifa máxima. Serán cincuenta euros, forastero.
-¿Perdón?
El chico despegó los ojos del móvil y le miró como si fuera corto de entendederas.
-Para pasar, paga. A no ser, por supuesto, que quieras quedarte en este lugar eternamente.- dijo, volviendo a su móvil.
El joven, estupefacto se preguntó qué hacer. No podía dar vueltas por aquel páramo muerto. Y tampoco podía vadear el lago, era demasiado grande, se dio cuenta. Sintió una fuerte intuición y se llevó  la mano al bolsillo de sus pantalones. Sacó con asombro un billete de cincuenta. No recordaba  tenerlo ahí antes. Antes de que pudiera observarlo con detenimiento, el chico de la lancha se lo quitó de las manos y se lo guardó rápidamente en los bolsillos de sus vaqueros. El chico sonreía.
-Sube, y rapidito.
El muchacho, todavía sorprendido, se dejó guiar por el chico al interior del bote y observó como, sin  ningún tipo de impulso, la lancha se adentró en las aguas del lago
Los únicos sonidos que escuchó durante la travesía fueron los del teclado del teléfono de su acompañante y el sonido chirriante que producían las aguas. Pudieron ser horas, días o tal vez semanas. El joven no lo sabía. Seguía su camino.
Después de lo que creyó sería una eternidad, la embarcación chocó con  la otra orilla.
 Y ahora, tras haber seguido deambulando por el camino de piedras del páramo muerto, había encontrado la casa.  Miró hacia arriba y vio el cielo totalmente negro. Sin Luna. Sin estrellas. Vacío. Solo una extensa llanura negra sobre su cabeza. Se dirigió hacia las grandes puertas y se detuvo. ¿Debía llamar?
 Sobre una de las puertas había un tirador con forma de diablillo sacando la lengua. El joven dudó un instante y después llamó.
Esperó unos instantes y una de las puertas dobles se abrió con un chirrido.  El joven  se echó hacia atrás al ver  a la criatura que estaba en el umbral de la puerta. Un esqueleto. El esqueleto se dirigió al joven con voz de mayordomo.
-Adelante, caballero, le están esperando.
El muchacho, todavía impactado, tardó un poco en responder. Después, lentamente, se acercó a la puerta y la cruzó alejándose todo lo que pudo del esqueleto. Tres perros le ladraron en cuanto cruzó las puertas. Las puertas daban a un amplio recibidor y enfrente del muchacho tres cabezas de perro le gruñían airadas. El joven se dio cuenta, aterrado, de que las tres cabezas se asentaban sobre un solo cuerpo. El perro de tres cabezas gruñó y se dispuso a saltar sobre el muchacho. Antes de que pudiera hacerlo, el esqueleto se interpuso entre los dos y le pasó una correa por su cabeza central y lo ató a la puerta, lejos del recién llegado.
-Quieto, chico, M quiere verlo, así que quieto o no te daré a los condenados.
Cuando oyó esto, el perro empezó a gemir y se sentó en el suelo, suplicante. El esqueleto se alejó del perro y se acercó al muchacho, que se había quedado paralizado apoyado en la pared, y le hizo una seña para que lo siguiera. Deseando alejarse del perro de las tres  cabezas, el muchacho fue tras el esqueleto.
 El esqueleto lo condujo por la mansión. El interior era lujoso. Lámparas doradas  iluminaban los corredores. Las puertas eran de madera maciza. Pero en su interior se oían aullidos de dolor. Cada puerta estaba marcada con carteles de oro que tenían grabado nombres que resultaban incomprensibles para el joven. Osiris. Ah Puch. Hades Alá. Hela. Yavhé. Iama.  Ixtab. Mictlantecuhtli. Shinigami. De todas las puertas  coros de miles de voces  gritaban de dolor y de ellas emergía un hedor a putrefacción. Algunas de las puertas olían más fuerte que otras. Las paredes estaban revestidas con papel pintado de color rojo que daba la impresión de ser un gigantesco tapiz.  Tras pasar por centenares de puertas llegaron a unas escaleras, por las que ascendieron. Las escaleras eran de cristal y  una moqueta violeta la recorría de arriba a abajo. El piso de arriba estaba totalmente pintado de colores oscuros y las telarañas se agrupaban en las esquinas, a diferencia del piso inferior, pulcramente limpio.
Allí no había lámparas, tan solo la cálida luz de las velas que, situadas por los suelos, por las mesitas y por los candelabros, iluminaban  el primer piso. Por primera vez desde que deambulaban por la casa, el joven y el esqueleto pasaron cerca de una ventana. El muchacho se asomó por ella y vio, a través la niebla que rodeaba la casa, un agujero que se hundía hacia abajo, y allí cientos de cuerpos fantasmales pugnando por escapar del foso. Pero tres arpías apostadas sobre el foso les hacían retroceder. El muchacho se apartó de la ventana, asustado y siguió al esqueleto, que ya se alejaba por el pasillo. Apenas  había habitaciones. Los corredores se intrincaban de tal manera que formaban un laberinto. El esqueleto parecía conocer muy bien  a donde debía ir pues pasaron por decenas de encrucijadas sin que dudara una sola vez.
Finalmente, se detuvo delante de una puerta totalmente negra que tenia una M plateada. El joven se acercó a la puerta y la examinó, era madera podrida. La tocó, y esperó que se viniera abajo, pero en vez de ello, la puerta siguió  intacta y dejó sus dedos manchados de un extraño líquido negro. Cuando se dio la vuelta para preguntarle al esqueleto, se dio cuenta de que él ya no estaba detrás. Estaba solo. Se preguntó qué hacer. Finalmente, se encogió de hombros y llamó a la puerta.
Ninguna voz contestó. Pero la puerta se abrió sola. Y tras ella  una lujosa habitación decorada toda de negro rezumaba el olor a rosas muertas. El joven cruzó el umbral, cauteloso. Y una mujer distrajo toda su atención. Estaba  dejando una larga capa negra sobre un colgador plateado. La chica se dio la vuelta y el joven sintió cómo su  instinto le gritaba que huyera de allí. La chica tenia el pelo tan rubio que parecía formado por hilos de oro. Vestía pantalones tejanos negros y una camiseta lisa  también negra. Tenía una sonrisa dulce y sus ojos eran dos pozos sin fondo de color  negro. La chica lo miró, divertida.
-Vaya, así  que tú eres el mortal que Caronte ha dejado pasar, ¿eh? Ya se puede ir olvidando de  ese trasto al que llama iPhone- dijo con una voz melodiosa y con un toque malévolo en su sonrisa.
El muchacho dio un paso hacia atrás.
-¿Qué es este lugar?
 La chica se dirigió a un sofá de cuero negro y se dejó caer.
-El inframundo - dijo, sonriendo con malicia.
El joven miró detrás de ella y encontró una guadaña apoyada en el sofá. La hoja estaba manchada de una sustancia gelatinosa y gris.
-¿Quién eres?- preguntó, intentando contener el temblor de su voz.
La chica apareció a su lado. El chico miró el sofá,  y se preguntó, mientras un escalofrío le recorría la espina dorsal, cómo podía haberse trasladado toda esa distancia en apenas un segundo. De ella emanaba un aire helado.  Y no respiraba. La chica acercó los labios al oído del joven.
- Me llaman la Muerte- susurró. Ella sonrió-  Y ha llegado la hora de que te reúnas con el resto de las almas en pena.
 La guadaña atravesó su  cuerpo y Muerte arrojó su alma al foso de almas suplicantes, mientras las arpías se abalanzaban sobre él.


viernes, 31 de mayo de 2013

Relato 2: "Donde te encuentre"

Este relato lo esriibí en diciembre del 2012, y con el gané el concurso de literatura trimestral de mi instituto.
Ojalá que os guste y comentéis.
Sin más preámbulos, "Donde te encuentre"...

.Ecos de lejanas voces chillaban en su mente. Unos gritaban reproches. Otros la insultaban. Y los que más daño le hacían sollozaban pronunciando su nombre. Ella gritaba, intentando sacudirse esas voces de su cabeza, pero nunca gritaba lo bastante fuerte. Ondas de luz discordantes, oscuras, tenues, era lo único que sus ojos veían. Los restos de una luz moribunda eran apenas unas sombras débiles sobre el negro firmamento. La oscuridad no podía ser iluminada por la llama de una vela. Retorcidas formas  de humo se enroscaban en su cuerpo y entraban  por sus fosas nasales.  Las volutas de aquel aire  le produjeron arcadas que ascendieron por su garganta. Contuvo la bilis y se esforzó en no vomitar. Su mente se distorsionaba, confundida, ahogada por todos aquellos estímulos.
Cerró los ojos y aguantó la respiración mientras daba un paso al frente. Cepas ardientes se enrollaron en sus tobillos y subieron hasta paralizarle  las piernas. Se cayó de bruces contra el suelo mientras sus piernas estallaban en llamas moradas. Ni siquiera el grito que emergió de su garganta fue suficiente para acallar las voces de su mente. Apoyó los brazos en el suelo, pugnando por tener las fuerzas suficientes como para erguirse en medio de aquel lugar.  Las llamaradas de sus piernas bien hubieran podido ser caricias cuando miles de espinas atravesaron su carne. Cuando su cara impactó contra el suelo, el llanto acudió, raudo y veloz, a bañar con su calor el rostro de ella.  Sin atreverse siquiera a moverse, levantó la vista a las entrañas de aquella prisión. ¿Cómo había llegado a aquel lugar?
 Y lo que más la atormentaba, ¿qué lugar era aquel? De igual manera que si hubiese sido un sueño supo la respuesta. Ya la había oído. La había desoído  y un día cualquiera, en el breve instante que dura un parpadeo, había aparecido en aquel lugar.   La luz  entonces había empezado a esfumarse como volutas de humo arrastradas por el viento.   Más tarde había deseado la muerte,  y posiblemente aquello habría sido mejor. Ahogándose en el aire, muriendo con cada bocanada,  pero sobreviviendo por un malévolo capricho del destino. Cuando las voces empezaron a gritarle, no entendía todavía porqué la locura no la había abordado ya. Se había  mantenido inmóvil,  a la esperanza de, por causa de algún milagro divino, retornase a su vida. Pero  ella no creía en los milagros, nunca lo había hecho, y por tanto, ningún milagro se sucedió.
De nuevo volvió a escuchar esa voz. Y no en su cabeza, sino en sus recuerdos.
Estaba en el lugar a donde ningún humano había estado antes, donde las estrellas  oscurecían, donde las aguas se ahogaban, donde los abrazos herían, donde las nubes nunca se aclaraban,  en el lugar en el que se atormentaban las pesadillas y donde las almas hallaban su tortura. Allí se encontraba.
Recordó todas  y cada una de aquellas palabras, y también quién  se las había dicho. Pero su cuerpo era incapaz de producir más lágrimas.
Con cautela levantó uno de sus brazos y  lo observó.  Pequeños y salvajes tatuajes de zarzas punzantes  manchaban su piel. Un brillante rosetón  rubí  coronaba cada espina de cada zarza que salpicaba su brazo. Sollozó, sin que ninguna lágrima mojase su cara.  Su boca le pedía aire, pero  aquella sustancia enrarecida que parecía envenenarla por dentro no era lo que pedía. Las voces en su cabeza empezaron a gritar más fuerte aún. Mientras ella se agarraba las sienes con las  manos y  chillaba, los últimos vestigios de una luz en el frío horizonte de aquellas tinieblas murieron.
Abrió los ojos cuando bien pudiera haber transcurrido una vida entera.  No había mucha diferencia entre tenerlos cerrados y abiertos, pensó. Pero la decisión ya había sido tomada. Saldría de aquel infierno, de la manera que fuese. Tensó los músculos, agarrotados tras el largo tiempo inmóviles y sin  dejarle tiempo a su mente para recapacitar, se incorporó de golpe.
Lo último que sus oídos escucharon fue un sonoro crujido. Sus tímpanos habían estallado. Pero las voces le gritaban dentro de su cabeza. Notó como de sus brazos la sangre emanaba a raudales tiñendo el suelo a sus pies de carmesí. Al hedor que oprimía sus pulmones, no tardó en unirse el olor de la carne quemada. La parte inferior de su cuerpo ardía  bajo llamaradas purpúreas.  El dolor había sobrepasado con creces su umbral. Solo su fuerza de voluntad la empujaban a seguir de pie. Su voluntad de morir.
 Creía que de sus ojos no podrían nacer más lágrimas. Se equivocaba. Echó a correr dejando tras de sí un reguero de sangre, piel quemada y lágrimas.
 Sólo en los instantes en los que estuvo segura de que su  corazón agonizaría al fin, la escuchó. Escuchó su voz. En medio de aquel océano de dolor en el que naufragaba, su voz la salvó.   El dolor quedó relegado a un segundo plano, sus pies se detuvieron y sus ojos se cerraron para perderse en las ondas armoniosas de su voz, llenando el vacío de su interior.  Su voz atravesó la oscuridad y acarició su soledad.  Estaba sorda, pero  aquella voz  la escuchaba con el corazón.
Cerró todos sus sentidos, sus huesos dieron el suelo, las cenizas  de carne chamuscada se elevaron en el aire enrarecido de aquel lugar, los gritos de su cabeza se redujeron hasta apenas ser un murmullo sosegado, que finalmente se extinguieron. Su cabeza impactó contra el suelo y la luz de sus ojos se apagó. Su corazón, exhausto, detuvo sus latidos. El cuerpo de ella era un muñeco roto, pero  lo que ningún ojo jamás vio fue  como el alma de ella  escapaba volando en pos de una voz en el oscuro firmamento.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Relato 1: "Destino"

Este será el primer relato que publicaré en el blog. Lo escribí hacia el Noviembre del 2011 .
Recordad que es un relato de aprendizaje, es posible que haya errores y fallos en la trama.
Sin más dilación os presento a 'Destino'
                                                                                                                                  27 de Mayo de 2012
Querido Diario:
Ha sido de lo más extraño volver de nuevo a casa tras haber pasado tanto tiempo fuera, aunque solo fueron dos semanas , para mi apenas fueron unas horas, que transcurrieron al borde de la hipotermia, del cansancio y hasta de la cordura. Aquel corto espacio de tiempo que pasé junto a mis hermanos en aquella nube me marcó intensamente. Nunca pensé que algo así realmente podría ocurrir. Nunca podré olvidar lo que pasó. Y espero no tener que hacerlo nunca.

5 AÑOS DESPUÉS
Los restos desmenuzados del turismo estaban escampados sobre el asfalto de la A-7 tras precipitarse sobre unos de los lados de la carretera y acabar estrellándose  para finalmente terminar desmantelado pieza por pieza como un si hábil mecánico hubiera trabajado en ello sobre la superficie del asfalto. El vehículo policial camuflado avanzó los metros restantes hasta llegar al lugar del siniestro. El agente Lijó se apeó del coche y se acercó hasta el lugar en el que teóricamente estaba la cabina del conductor para descubrir, ensangrentado, pero todavía con vida, el cuerpo de la joven que conducía el coche. Apresurado, sacó el móvil del bolsillo y pidió urgentemente una ambulancia mientras su compañero, el agente Hernández,  disponía la señalización necesaria para marcar el accidente.
La chica se despertó en una cama de hospital con un gotero pegado al brazo derecho y multitud de vendas recorriendo casi toda la totalidad de la superficie de su cuerpo. La habitación era blanca, diáfana, olía a desinfectante y a sábanas limpias, mientras a través de las paredes se oían cientos de pasos apresurados por los pasillos del hospital.
En un rincón un par de sillas  se agrupaban alrededor de una mesa circular sobre la que había un jarrón con unas flores de plástico en su interior, bebiendo del agua que algún enfermero habría vertido allí sin percatarse de que aquellas flores no necesitaban agua. Había una puerta al lado derecho de la cama, de madera, rompiendo con la omnipresencia del color blanco en la habitación.
Se incorporó lentamente sobre la cama y movió el brazo izquierdo. Lo movió sin mayor dificultad que la de las vendas que lo rodeaban le infligía. Se retiró las vendas y dejó al descubierto un brazo que anteriormente había estado ensangrentado y a  un punto de la mutilación, pero que ahora estaba intacto, sin síntoma alguno de herida sobre su piel. Pero eso ella no lo recordaba. No recordaba nada.
Por la puerta entró un médico  alto, de complexión atlética y con una cicatriz en el lado derecho del cuello. Cuando levantó la vista de los papeles que había estado consultando su sorpresa fue mayúscula.  No se esperaba que ella ya estuviera despierta, y mucho menos en el estado en el que se encontraba. Se acercó lentamente a la cama con los ojos desorbitados por la sorpresa; detrás suyo entró  una enfermera con el pelo teñido y un chicle  en la boca que ya hacia horas que había perdido su sabor. La enfermera también se extrañó al verla a ella. Tanto, que su sorpresa empezó a dar paso al miedo.
-Lily, deberías llamar al doctor Espinosa.
La enfermera asintió sin apartar los ojos de la paciente, boquiabierta. Cuando el doctor Espinosa entró en la estancia, solo dio muestras de sorpresa con un breve parpadeo, que inmediatamente reemplazó por una frialdad propia de la profesión y una sonrisa amable.
-Buenos días, señorita, soy el doctor Espinosa. ¿Qué tal se encuentra?
-¿Qué estoy haciendo yo aquí?- respondió ella.
-¿No recuerda nada?
-¿Qué es lo que debería recordar?- dijo, respondiendo a la pregunta de Espinosa con otra pregunta.
-Hace apenas doce horas usted ha sufrido un accidente automovilístico en la autopista, entró a quirófano hace nueve horas y salió de él hace seis horas.
La cara de ella era la viva imagen del desconcierto. Espinosa continuó sin despegar los ojos de ella.
-Le tuvimos que amputar un brazo. El izquierdo. Y había perdido el sentido de la vista.
Ella miró su brazo, pensando que aquel hombre le estaba gastando una broma de mal gusto.
-Vale, muy gracioso, ¿dónde está la cámara oculta?
-Señorita, esto no es ninguna broma.
-Ya, ¿Y cómo puedo creer eso?-replicó con sarcasmo.
-Puede y debe, creerlo. Yo fui quien la operé. Y yo fui quien le doné parte del hígado, ya que el suyo quedó destrozado. Y ha perdido la memoria, porque recordaría que yo soy su padre.
Una semana más tarde
Tras mirarse en el  espejo no se había reconocido, tampoco recordaba a su padre, ni quien era ella. Fue sometida a una prueba detrás de otra sin resultado alguno. El suceso carecía de explicación. Milagrosamente,  había recuperado un brazo que hacia tan solo unas horas estaba en criogenización y el accidente, a pesar de no causarle daños cerebrales, le provocó amnesia total. Ver su reflejo no activó sus recuerdos y tampoco la imagen de su padre.
Descubrió que se llamaba Sonia Espinosa y que su padre era soltero, su  madre  abandonó a su padre al saber que estaba embarazada y se despidió de él con una nota. La ruptura destrozó a su padre, que jamás se casó. Nueve meses más tarde, un cesto apareció en la puerta de su casa, con una pulsera con su nombre y una carta de la madre de ella. A pesar de todo  Antonio Espinosa nunca guardó rencor a  la  madre de su hija. Cada vez que Sonia preguntaba por ella un extraño brillo alumbraba los  ojos del veterano doctor,  que le sonreía y se sumergía en sus recuerdos, pero que nunca contestaba a sus preguntas. “No lo entenderías” decía.
Cruzó la acera y esperó a que  su padre abriera la puerta. El doctor tenía la esperanza  de que si veía el lugar donde se había criado tal vez se activasen sus recuerdos.
Cuando entró en el lugar en el que había pasado su infancia no sintió nada, solo una inmensa sensación de vacío. El hombre que decía ser su padre le llevó por todos los rincones de la casa, sin que ella recordase. Como última esperanza, Antonio Espinosa la llevó a la antigua habitación de la muchacha. Cientos de dibujos infantiles adornaban las paredes rosas de la habitación, las princesas se agrupaban en castillos a la espera de sus príncipes inanimados  y las muñecas preparan en sus casas la hora del té mientras sobre los estantes de un armario pequeñas figuras de hadas sonrientes vigilaban sus ademanes.
Con lentitud, paseó la mirada por la estancia y abrió los cajones que había al lado de la mesa. En el primero solo había pinturas de colores y dibujos, algunos ya pintados, otros tan solo eran unos trazos de lápiz dibujados por una mano infantil. En el segundo había libretas y tres libros de cuentos, entre ellos reconoció el cuento de Los Tres Cerditos, recordó que era su favorito, pero  la recuperación de recuerdos se detuvo ahí. Con el ceño fruncido abrió el tercer y último cajón. Dentro tan solo había un estuche medio vacío de rotuladores y una muñeca  doblada en ángulo inverosímil, se agachó a coger la muñeca y sus dedos hundieron un  poco el suelo del cajón. Vació el cajón sobre la cama y tanteó los recovecos del cajón. Un doble fondo. Lo abrió con cuidado y descubrió un pequeño librito. Lo abrió y descubrió que era un diario. Su diario. Levantó la mirada y vio que Antonio se había retirado,  tal vez dejándole intimidad para recuperar sus recuerdos. Tal vez para preparar la cena. Se encogió de hombros y abrió el diario. Lo hojeó y dio con unas páginas cuyas esquinas estaban dobladas, esas páginas coincidían con las últimas escritas por ella. Estaba fechado como el día 27 de Mayo, hacia ya cinco años; se acomodó en una silla  y empezó a leer.
“Hace una semana, lunes,  me desperté súper agitada, menuda pesadilla tuve; soñé que una bandada de demonios con sus colas puntiagudas y ojos rojos me perseguían hasta un barranco, donde caí y caí; en medio de aquella oscuridad me desperté en la cama, empapada en sudor. Eran las cinco de la mañana. “Que pesadilla más agradable con la que despertar el día de mi cumpleaños” pensé. Era mi cumpleaños. Mi quince cumpleaños. Más tarde entendería aquella pesadilla, pero en ese momento solo me pareció escalofriante e inoportuna, mira que a aquellas horas… Aunque eso me ayudó a estudiar, porque el domingo no estudié nada para el examen de Historia, pero me estoy desviando, lo que cambió mi vida sucedió horas después, en el último escenario en el que creí que algo podría ocurrir. En clase de Gimnasia.
Y como llevábamos ya casi tres meses haciendo, el lunes también tuvimos baloncesto. Es increíble como la rutina del mismo deporte acaba haciéndote odiarlo. O por lo menos en mi caso. Aunque he de decir que mi puntería y la fuerza de mis brazos mejoraron un montón. Esquivé a Vivian y a David y me encontré de frente con Cristian bloqueándome la canasta. Claro, con lo alto que es…, a pesar de todo, di un par de zancadas y tiré a la canasta, con la esperanza de que los tres meses de aburrimiento mortal jugando a baloncesto diesen sus frutos y encestara desde una distancia desde la que para mi era prácticamente imposible encestar.
Lo que no me esperaba fue el dolor que de repente cruzó mi espalda como si fuese fuego. No recuerdo que pasó con el balón, pero de repente estaba en el suelo, sin poder evitar retorcerme el dolor. Parecía fuego que quisiera devorar con sus llamas mi espalda. No supe cuanto tiempo estuve en el suelo atravesada por aquel fuego. Cuando el dolor se desvaneció, pude abrir los ojos y lo que vi me dejo absolutamente muerta de miedo. El mundo a mi alrededor se había paralizado. Jadel estaba en pleno salto, intentando atrapar una pelota que se había detenido en el aire. Mi pelota. Mire a mi alrededor. Parecía como si las agujas del reloj hubiesen detenido su avance por un desafortunado capricho del destino. Traté de levantarme, pero no sé muy bien que hice, que perdí el equilibrio y caí. Me giré y me miré la espalda. Y lo que vi me cortó la respiración.
Un manto blanco de plumas me caía por la espalda.
Alas.
Tenía alas. Flipar es un verbo que se queda corto para describir como me sentí. Pero dejé de prestar atención a estas nuevas extremidades cuando fui consciente de un movimiento en el cielo. Todo seguía detenido, pero en el horizonte, dos formas oscuras se acercaban a una velocidad increíblemente rápida hacia mi. Demasiado rápidas como para ser criaturas amigas, comprendí. Intenté salir corriendo pero las alas eran un peso muerto a mi espalda y me hacían tropezar y caer constantemente. Estaba cagada de miedo, para que negarlo. Cuando me giré y vi aquellos dos demonios, el miedo desapareció para dar paso a la desesperación. Era una carrera para salvar mi vida. Debía ganarla. A toda costa.
Poco a poco, aunque a marchas forzadas, aprendí a caminar con las alas. Solo que demasiado tarde. Cuando me giré para ver por donde iban los demonios, aún a riesgo de tropezar, casi pude sentir su aliento fétido  en la cara. Las garras de los demonios se extendían hacia mí. Pude ver el brillo salvaje de sus ojos amarillos y creo que también me tocaron la piel sus escamas. Pero, sin saber muy bien porque me vi propulsada hacia arriba por una fuerza que creí me partiría en dos. Miré hacia abajo, donde los dos demonios se preguntaban a donde había ido su presa. Miraron arriba y me vieron. Volaba. Estaba volando. Había aprendido a volar. La ilusión duró hasta que sentí el jadeo del ángel que me portaba en sus brazos. Me tenía cogida por las axilas y se veía claramente que apenas podía volar con mi peso. Lo único que se me ocurrió decirle. “Gracias” Creo que me respondió algo, pero entre lo entrecortada de su voz y el batir de sus alas no oí nada. Esperé que aquello no fuera una pregunta y me limite a observar a los demonios. Ya nos habíamos alejado de ellos pero ahora estaban metidos de lleno en nuestra caza. Ya se habían dado cuenta de que habíamos huido y se habían lanzado en nuestra persecución. Si digo que no tuve miedo, que sabia que sobreviviría  y que me sentí segura en brazos del ángel mentiría como una cruel bellaca. Los demonios cada vez se acercaban más y más. Y sin comerlo ni beberlo, dos ángeles descendieron en picado desde el cielo con una especie de báculos de luz en las manos.
Pero no pude ver la batalla pues las plumas y las alas membranosas de los demonios me impedían ver, y también porque el ángel que me llevaba en sus brazos dio una sacudida que no creí que llevándome en brazos pudiera hacer y se impulsó hacia el cielo. Y allí fue cuando creí que iba  a morir. Me soltó. En el aire.  Y no pude evitarlo. Chillé. Y de pronto, me vi en los brazos del ángel que me había dejado caer. Lo miré más detenidamente, no, no era él, el ángel que ahora me llevaba en sus brazos era mucho más fornido y tenia unas alas más fuertes. Comprendí que el otro ángel me había lanzado  a su compañero porque él no podía conmigo. Lo vi  volando a nuestro lado, visiblemente aliviado. Miré hacia abajo y solo vi un mar blanco en el lugar donde debería estar el suelo. Estábamos sobrevolando las nubes.  Y entonces tuve miedo ¿Podría respirar? Intenté tranquilizarme pensando que si los ángeles podían hacerlo yo también, porque era una de ellos. Hasta ese momento no me di cuenta de que yo también era un ángel. Y en ese instante perdí el conocimiento.
Me desperté en lo que parecía frio sólido. Abrí los ojos y vi un paraje árido, blanco, con algunos pequeños matices grises, a pesar de ello, no entraba mucha luz. Me giré y vi como una ligera  neblina lo cubría todo. Toqué el suelo con la yema de los dedos y  se me quedaron llenas de escarcha. Pero el suelo no era nieve. Ni hielo. Parecía cristal. Cuando empezaba a acojonarme de verdad, escuché una voz llamándome. Pero no era mi nombre. Pero sabía que aquella voz me llamaba a mí. Y me resultaba espantosamente familiar.
-Aladar…
 Pero yo me llamaba Sonia. La voz me volvió a llamar y añadió una palabra  a su llamado que heló por completo la sangre de mis venas, independientemente del frío exterior que empapaba el ambiente y que me calaba hasta los huesos.
-Aladar…hija….
Aquella voz ya la había escuchado antes en sueños. Era la voz de mi madre. Pero, ¿Quien era mi madre? ¿Dónde estaba? ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué me había convertido yo en un ángel? ¿Por qué me llamaba? ¿Qué quería? Eran demasiados interrogantes como para poder resolverlos, y mucho menos poder soportarlos una adolescente asustada como yo. Siguiendo una corazonada me dirigí al lugar del que procedía la voz. Caminé, caminé y caminé sin ningún otro incentivo que la voz  de mi madre guiándome en la neblina perpetua del extraño lugar en el que me encontraba. Perdí la noción del espacio, del tiempo, del hambre y la sed. Nunca sabré cuanto tiempo estuve caminando por  aquel lugar cuyo escenario era siempre el mismo, la misma neblina constante. Como si estuviera dando vueltas en círculos. Pero sabía que no era así porque cada vez oía la voz de mi madre más cerca. Lo único que me molestaba era el frío que se me calaba en los huesos y me pinchaba en cada paso que daba. Me imaginé estar dentro de un congelador gigante y me dije que eso sería más cálido. Nunca me paré, pues sabia que con el movimiento podría hacer que los efectos del frío  fueran más lentos. Necesitaba margen de tiempo para llegar hasta mi madre. Las alas ya no me molestaban al caminar y poco a poco empecé a moverlas, las notaba fuertes, grandes, poderosas. Las extendí. Me dije a mi misma que la visión en aquel páramo helado de un ángel  de alas blancas caminando a través de la espesura debía ser espectacular.
Y  no supe muy bien  como fue, que el escenario cambió de repente completamente y vi a lo lejos un castillo de cristal rodeado de niebla y nubes.  A su vera, cientos de ángeles lo sobrevolaban entrando en el interior del recinto por los múltiples ventanales que habían en la fachada. Pero el castillo estaba rodeado de una especie de foso negro de más de cien metros de amplitud. Y preferí no pensar en profundidad. Era un reducto negro de pura oscuridad. Solo había una manera de llegar. Volando. Y yo no sabía volar. Pero la voz de mi madre me llamaba desde allí. Volví a oír la voz de mi madre, esta vez dentro de mi cabeza. Recuerdo que me dijo: “Aladar, no tenemos mucho tiempo, las hordas de los demonios se acercan.  Eres mi hija, la hija de la Reina de los Ángeles.  Tu padre es humano. Y tú eres una mestiza. No podías criarte aquí, pero tampoco podías saber quien eres, porque no sabíamos si heredarías las características angélicas. Hoy tu esencia angélica ha  florecido y eres una de nosotros. Los ángeles que te protegían consiguieron salvarte de aquellos demonios. Pero si no llegas hasta el castillo, las hordas te matarán. Todos los mestizos deben superar esta prueba. Lo siento, cariño no puedo hacer más, perdóname por no haber estado contigo mientras crecías…”
La voz de mi madre se fue extinguiendo lentamente como la llama de una vela. Si mi madre era la Reina…yo era la Princesa. La Princesa de los Ángeles. Me di la vuelta y a lo lejos vi una marea negra formada por miles de demonios. En el castillo, los ángeles preparaban a sus tropas para la batalla. Y yo estaba en  medio. Recordé mi pesadilla y aún con el miedo que me agarrotaba los músculos y el frío que me invadía el cuerpo, empecé a correr, mientras lo hacía, empecé a batir las alas con furia, de nuevo, corría para salvar mi vida y debía volver a ganar la carrera. Cuando estaba justo en el borde del precipicio salté, y con un esfuerzo que casi me partió la columna en dos, me impulsé con las alas con una fuerza desconocida en mi, fue un instante en el que para mí, el mundo se ralentizó. Oía el estruendo de los batallones demoníacos a mi espalda y la fuerza de la gravedad tirando de mi cuerpo hacia abajo. Pero no pensaba rendirme. Estuve a punto de morir en el camino. Y tenia que hablar con mi madre. Hablar mucho. Y llegué al otro lado. Nunca podré explicar lo que sentí mientras volaba. Ni como reconocí a mi madre entre la multitud de ángeles, a pesar de no llevar corona alguna; ni como nos abrazamos en medio de la clamor de la batalla que ya había estallado. Los ángeles ganaron esa batalla. Pero la guerra no ha acabado y yo debo continuarla.”

Ella levantó la vista del diario, y todos sus recuerdos acudieron en tromba  a su mente como un aguacero que bombardeaba su cerebro. Sabía quien era. Sabía dónde estaba, y sabía la causa de su amnesia. Se levantó de la cama y se acercó al espejo que había empotrado en la pared. Dejó que su esencia angélica se fundiera con su cuerpo humano y vio como de su espalda emergían, con tan solo un leve cosquilleo, dos inmaculados mantos de plumas que la envolvieron como un manto protector. Sabía lo que debía hacer. Y sabía que podía derrotar a los demonios que entraron en tropel en la pequeña estancia buscándola con sus garras. Ella miró el reloj. Se había parado. Y ella sonrió.



Este ha sido el relato.Ojalá que os gustase.  Tanto si fue así como si no, ¡déjame un comentario!

Presentación del blog

¡Hola! Soy nueva en esto de los blogs pero intentaré trabajar y diseñar el blog lo mejor posible.
Este será un blog donde iré publicando relatos cortos que escribo. No serán ni libros, ni novelas, ni fanfics. Todo aquel que quiera darme su opinión será recibido con los brazos abiertos. ¡Cualquier crítica constructiva ayuda!
Sueño con poder llegar a ser, algún día, escritora profesional. Por eso trabajo todo lo que puedo y me esfuerzo al máximo.
¡Gracias por visitar mi propio bosque y por acompañarme mientras intento cumplir mi sueño!