Recordad que es un relato de aprendizaje, es posible que haya errores y fallos en la trama.
Sin más dilación os presento a 'Destino'
27 de
Mayo de 2012
Querido Diario:
Ha sido de lo más extraño
volver de nuevo a casa tras haber pasado tanto tiempo fuera, aunque solo fueron
dos semanas , para mi apenas fueron unas horas, que transcurrieron al borde de
la hipotermia, del cansancio y hasta de la cordura. Aquel corto espacio de
tiempo que pasé junto a mis hermanos en aquella nube me marcó intensamente.
Nunca pensé que algo así realmente podría ocurrir. Nunca podré olvidar lo que
pasó. Y espero no tener que hacerlo nunca.
5
AÑOS DESPUÉS
Los
restos desmenuzados del turismo estaban escampados sobre el asfalto de la A-7
tras precipitarse sobre unos de los lados de la carretera y acabar
estrellándose para finalmente terminar
desmantelado pieza por pieza como un si hábil mecánico hubiera trabajado en
ello sobre la superficie del asfalto. El vehículo policial camuflado avanzó los
metros restantes hasta llegar al lugar del siniestro. El agente Lijó se apeó
del coche y se acercó hasta el lugar en el que teóricamente estaba la cabina
del conductor para descubrir, ensangrentado, pero todavía con vida, el cuerpo
de la joven que conducía el coche. Apresurado, sacó el móvil del bolsillo y
pidió urgentemente una ambulancia mientras su compañero, el agente Hernández, disponía la señalización necesaria para marcar
el accidente.
La
chica se despertó en una cama de hospital con un gotero pegado al brazo derecho
y multitud de vendas recorriendo casi toda la totalidad de la superficie de su
cuerpo. La habitación era blanca, diáfana, olía a desinfectante y a sábanas limpias,
mientras a través de las paredes se oían cientos de pasos apresurados por los
pasillos del hospital.
En
un rincón un par de sillas se agrupaban
alrededor de una mesa circular sobre la que había un jarrón con unas flores de
plástico en su interior, bebiendo del agua que algún enfermero habría vertido
allí sin percatarse de que aquellas flores no necesitaban agua. Había una puerta
al lado derecho de la cama, de madera, rompiendo con la omnipresencia del color
blanco en la habitación.
Se
incorporó lentamente sobre la cama y movió el brazo izquierdo. Lo movió sin
mayor dificultad que la de las vendas que lo rodeaban le infligía. Se retiró
las vendas y dejó al descubierto un brazo que anteriormente había estado
ensangrentado y a un punto de la
mutilación, pero que ahora estaba intacto, sin síntoma alguno de herida sobre
su piel. Pero eso ella no lo recordaba. No recordaba nada.
Por
la puerta entró un médico alto, de
complexión atlética y con una cicatriz en el lado derecho del cuello. Cuando
levantó la vista de los papeles que había estado consultando su sorpresa fue
mayúscula. No se esperaba que ella ya
estuviera despierta, y mucho menos en el estado en el que se encontraba. Se
acercó lentamente a la cama con los ojos desorbitados por la sorpresa; detrás
suyo entró una enfermera con el pelo
teñido y un chicle en la boca que ya hacia
horas que había perdido su sabor. La enfermera también se extrañó al verla a
ella. Tanto, que su sorpresa empezó a dar paso al miedo.
-Lily,
deberías llamar al doctor Espinosa.
La
enfermera asintió sin apartar los ojos de la paciente, boquiabierta. Cuando el
doctor Espinosa entró en la estancia, solo dio muestras de sorpresa con un
breve parpadeo, que inmediatamente reemplazó por una frialdad propia de la
profesión y una sonrisa amable.
-Buenos
días, señorita, soy el doctor Espinosa. ¿Qué tal se encuentra?
-¿Qué
estoy haciendo yo aquí?- respondió ella.
-¿No
recuerda nada?
-¿Qué
es lo que debería recordar?- dijo, respondiendo a la pregunta de Espinosa con
otra pregunta.
-Hace
apenas doce horas usted ha sufrido un accidente automovilístico en la
autopista, entró a quirófano hace nueve horas y salió de él hace seis horas.
La
cara de ella era la viva imagen del desconcierto. Espinosa continuó sin
despegar los ojos de ella.
-Le
tuvimos que amputar un brazo. El izquierdo. Y había perdido el sentido de la
vista.
Ella
miró su brazo, pensando que aquel hombre le estaba gastando una broma de mal
gusto.
-Vale,
muy gracioso, ¿dónde está la cámara oculta?
-Señorita,
esto no es ninguna broma.
-Ya,
¿Y cómo puedo creer eso?-replicó con sarcasmo.
-Puede
y debe, creerlo. Yo fui quien la operé. Y yo fui quien le doné parte del
hígado, ya que el suyo quedó destrozado. Y ha perdido la memoria, porque recordaría
que yo soy su padre.
Una semana más
tarde
Tras
mirarse en el espejo no se había
reconocido, tampoco recordaba a su padre, ni quien era ella. Fue sometida a una
prueba detrás de otra sin resultado alguno. El suceso carecía de explicación.
Milagrosamente, había recuperado un
brazo que hacia tan solo unas horas estaba en criogenización y el accidente, a
pesar de no causarle daños cerebrales, le provocó amnesia total. Ver su reflejo
no activó sus recuerdos y tampoco la imagen de su padre.
Descubrió
que se llamaba Sonia Espinosa y que su padre era soltero, su madre
abandonó a su padre al saber que estaba embarazada y se despidió de él
con una nota. La ruptura destrozó a su padre, que jamás se casó. Nueve meses
más tarde, un cesto apareció en la puerta de su casa, con una pulsera con su nombre
y una carta de la madre de ella. A pesar de todo Antonio Espinosa nunca guardó rencor a la
madre de su hija. Cada vez que Sonia preguntaba por ella un extraño
brillo alumbraba los ojos del veterano
doctor, que le sonreía y se sumergía en
sus recuerdos, pero que nunca contestaba a sus preguntas. “No lo entenderías” decía.
Cruzó
la acera y esperó a que su padre abriera
la puerta. El doctor tenía la esperanza
de que si veía el lugar donde se había criado tal vez se activasen sus
recuerdos.
Cuando
entró en el lugar en el que había pasado su infancia no sintió nada, solo una
inmensa sensación de vacío. El hombre que decía ser su padre le llevó por todos
los rincones de la casa, sin que ella recordase. Como última esperanza, Antonio
Espinosa la llevó a la antigua habitación de la muchacha. Cientos de dibujos
infantiles adornaban las paredes rosas de la habitación, las princesas se
agrupaban en castillos a la espera de sus príncipes inanimados y las muñecas preparan en sus casas la hora
del té mientras sobre los estantes de un armario pequeñas figuras de hadas
sonrientes vigilaban sus ademanes.
Con
lentitud, paseó la mirada por la estancia y abrió los cajones que había al lado
de la mesa. En el primero solo había pinturas de colores y dibujos, algunos ya
pintados, otros tan solo eran unos trazos de lápiz dibujados por una mano
infantil. En el segundo había libretas y tres libros de cuentos, entre ellos
reconoció el cuento de Los Tres Cerditos, recordó que era su favorito,
pero la recuperación de recuerdos se detuvo
ahí. Con el ceño fruncido abrió el tercer y último cajón. Dentro tan solo había
un estuche medio vacío de rotuladores y una muñeca doblada en ángulo inverosímil, se agachó a
coger la muñeca y sus dedos hundieron un
poco el suelo del cajón. Vació el cajón sobre la cama y tanteó los
recovecos del cajón. Un doble fondo. Lo abrió con cuidado y descubrió un
pequeño librito. Lo abrió y descubrió que era un diario. Su diario. Levantó la mirada
y vio que Antonio se había retirado, tal
vez dejándole intimidad para recuperar sus recuerdos. Tal vez para preparar la
cena. Se encogió de hombros y abrió el diario. Lo hojeó y dio con unas páginas
cuyas esquinas estaban dobladas, esas páginas coincidían con las últimas
escritas por ella. Estaba fechado como el día 27 de Mayo, hacia ya cinco años;
se acomodó en una silla y empezó a leer.
“Hace una semana,
lunes, me desperté súper agitada, menuda
pesadilla tuve; soñé que una bandada de demonios con sus colas puntiagudas y
ojos rojos me perseguían hasta un barranco, donde caí y caí; en medio de
aquella oscuridad me desperté en la cama, empapada en sudor. Eran las cinco de
la mañana. “Que pesadilla más agradable con la que despertar el día de mi
cumpleaños” pensé. Era mi cumpleaños. Mi quince cumpleaños. Más tarde
entendería aquella pesadilla, pero en ese momento solo me pareció escalofriante
e inoportuna, mira que a aquellas horas… Aunque eso me ayudó a estudiar, porque
el domingo no estudié nada para el examen de Historia, pero me estoy desviando,
lo que cambió mi vida sucedió horas después, en el último escenario en el que
creí que algo podría ocurrir. En clase de Gimnasia.
Y como llevábamos ya casi
tres meses haciendo, el lunes también tuvimos baloncesto. Es increíble como la
rutina del mismo deporte acaba haciéndote odiarlo. O por lo menos en mi caso.
Aunque he de decir que mi puntería y la fuerza de mis brazos mejoraron un
montón. Esquivé a Vivian y a David y me encontré de frente con Cristian
bloqueándome la canasta. Claro, con lo alto que es…, a pesar de todo, di un par
de zancadas y tiré a la canasta, con la esperanza de que los tres meses de
aburrimiento mortal jugando a baloncesto diesen sus frutos y encestara desde
una distancia desde la que para mi era prácticamente imposible encestar.
Lo que no me esperaba fue el
dolor que de repente cruzó mi espalda como si fuese fuego. No recuerdo que pasó
con el balón, pero de repente estaba en el suelo, sin poder evitar retorcerme
el dolor. Parecía fuego que quisiera devorar con sus llamas mi espalda. No supe
cuanto tiempo estuve en el suelo atravesada por aquel fuego. Cuando el dolor se
desvaneció, pude abrir los ojos y lo que vi me dejo absolutamente muerta de
miedo. El mundo a mi alrededor se había paralizado. Jadel estaba en pleno
salto, intentando atrapar una pelota que se había detenido en el aire. Mi
pelota. Mire a mi alrededor. Parecía como si las agujas del reloj hubiesen
detenido su avance por un desafortunado capricho del destino. Traté de
levantarme, pero no sé muy bien que hice, que perdí el equilibrio y caí. Me
giré y me miré la espalda. Y lo que vi me cortó la respiración.
Un manto blanco de plumas me
caía por la espalda.
Alas.
Tenía alas. Flipar es un
verbo que se queda corto para describir como me sentí. Pero dejé de prestar
atención a estas nuevas extremidades cuando fui consciente de un movimiento en
el cielo. Todo seguía detenido, pero en el horizonte, dos formas oscuras se
acercaban a una velocidad increíblemente rápida hacia mi. Demasiado rápidas
como para ser criaturas amigas, comprendí. Intenté salir corriendo pero las
alas eran un peso muerto a mi espalda y me hacían tropezar y caer
constantemente. Estaba cagada de miedo, para que negarlo. Cuando me giré y vi
aquellos dos demonios, el miedo desapareció para dar paso a la desesperación.
Era una carrera para salvar mi vida. Debía ganarla. A toda costa.
Poco a poco, aunque a
marchas forzadas, aprendí a caminar con las alas. Solo que demasiado tarde.
Cuando me giré para ver por donde iban los demonios, aún a riesgo de tropezar,
casi pude sentir su aliento fétido en la
cara. Las garras de los demonios se extendían hacia mí. Pude ver el brillo
salvaje de sus ojos amarillos y creo que también me tocaron la piel sus
escamas. Pero, sin saber muy bien porque me vi propulsada hacia arriba por una
fuerza que creí me partiría en dos. Miré hacia abajo, donde los dos demonios se
preguntaban a donde había ido su presa. Miraron arriba y me vieron. Volaba.
Estaba volando. Había aprendido a volar. La ilusión duró hasta que sentí el
jadeo del ángel que me portaba en sus brazos. Me tenía cogida por las axilas y
se veía claramente que apenas podía volar con mi peso. Lo único que se me
ocurrió decirle. “Gracias” Creo que me respondió algo, pero entre lo
entrecortada de su voz y el batir de sus alas no oí nada. Esperé que aquello no
fuera una pregunta y me limite a observar a los demonios. Ya nos habíamos
alejado de ellos pero ahora estaban metidos de lleno en nuestra caza. Ya se
habían dado cuenta de que habíamos huido y se habían lanzado en nuestra persecución.
Si digo que no tuve miedo, que sabia que sobreviviría y que me sentí segura en brazos del ángel
mentiría como una cruel bellaca. Los demonios cada vez se acercaban más y más.
Y sin comerlo ni beberlo, dos ángeles descendieron en picado desde el cielo con
una especie de báculos de luz en las manos.
Pero no pude ver la batalla
pues las plumas y las alas membranosas de los demonios me impedían ver, y
también porque el ángel que me llevaba en sus brazos dio una sacudida que no creí
que llevándome en brazos pudiera hacer y se impulsó hacia el cielo. Y allí fue
cuando creí que iba a morir. Me soltó. En
el aire. Y no pude evitarlo. Chillé. Y
de pronto, me vi en los brazos del ángel que me había dejado caer. Lo miré más detenidamente,
no, no era él, el ángel que ahora me llevaba en sus brazos era mucho más
fornido y tenia unas alas más fuertes. Comprendí que el otro ángel me había lanzado a su compañero porque él no podía conmigo. Lo
vi volando a nuestro lado, visiblemente
aliviado. Miré hacia abajo y solo vi un mar blanco en el lugar donde debería
estar el suelo. Estábamos sobrevolando las nubes. Y entonces tuve miedo ¿Podría respirar?
Intenté tranquilizarme pensando que si los ángeles podían hacerlo yo también,
porque era una de ellos. Hasta ese momento no me di cuenta de que yo también era
un ángel. Y en ese instante perdí el conocimiento.
Me desperté en lo que
parecía frio sólido. Abrí los ojos y vi un paraje árido, blanco, con algunos
pequeños matices grises, a pesar de ello, no entraba mucha luz. Me giré y vi
como una ligera neblina lo cubría todo.
Toqué el suelo con la yema de los dedos y
se me quedaron llenas de escarcha. Pero el suelo no era nieve. Ni hielo.
Parecía cristal. Cuando empezaba a acojonarme de verdad, escuché una voz
llamándome. Pero no era mi nombre. Pero sabía que aquella voz me llamaba a mí.
Y me resultaba espantosamente familiar.
-Aladar…
Pero yo me llamaba Sonia. La voz me volvió a
llamar y añadió una palabra a su llamado
que heló por completo la sangre de mis venas, independientemente del frío
exterior que empapaba el ambiente y que me calaba hasta los huesos.
-Aladar…hija….
Aquella voz ya la había
escuchado antes en sueños. Era la voz de mi madre. Pero, ¿Quien era mi madre?
¿Dónde estaba? ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué me había convertido yo en un
ángel? ¿Por qué me llamaba? ¿Qué quería? Eran demasiados interrogantes como
para poder resolverlos, y mucho menos poder soportarlos una adolescente
asustada como yo. Siguiendo una corazonada me dirigí al lugar del que procedía
la voz. Caminé, caminé y caminé sin ningún otro incentivo que la voz de mi madre guiándome en la neblina perpetua
del extraño lugar en el que me encontraba. Perdí la noción del espacio, del tiempo,
del hambre y la sed. Nunca sabré cuanto tiempo estuve caminando por aquel lugar cuyo escenario era siempre el
mismo, la misma neblina constante. Como si estuviera dando vueltas en círculos.
Pero sabía que no era así porque cada vez oía la voz de mi madre más cerca. Lo
único que me molestaba era el frío que se me calaba en los huesos y me pinchaba
en cada paso que daba. Me imaginé estar dentro de un congelador gigante y me
dije que eso sería más cálido. Nunca me paré, pues sabia que con el movimiento
podría hacer que los efectos del frío
fueran más lentos. Necesitaba margen de tiempo para llegar hasta mi
madre. Las alas ya no me molestaban al caminar y poco a poco empecé a moverlas,
las notaba fuertes, grandes, poderosas. Las extendí. Me dije a mi misma que la
visión en aquel páramo helado de un ángel
de alas blancas caminando a través de la espesura debía ser
espectacular.
Y no supe muy bien como fue, que el escenario cambió de repente completamente
y vi a lo lejos un castillo de cristal rodeado de niebla y nubes. A su vera, cientos de ángeles lo sobrevolaban
entrando en el interior del recinto por los múltiples ventanales que habían en
la fachada. Pero el castillo estaba rodeado de una especie de foso negro de más
de cien metros de amplitud. Y preferí no pensar en profundidad. Era un reducto
negro de pura oscuridad. Solo había una manera de llegar. Volando. Y yo no sabía
volar. Pero la voz de mi madre me llamaba desde allí. Volví a oír la voz de mi
madre, esta vez dentro de mi cabeza. Recuerdo que me dijo: “Aladar, no tenemos
mucho tiempo, las hordas de los demonios se acercan. Eres mi hija, la hija de la Reina de los
Ángeles. Tu padre es humano. Y tú eres
una mestiza. No podías criarte aquí, pero tampoco podías saber quien eres,
porque no sabíamos si heredarías las características angélicas. Hoy tu esencia
angélica ha florecido y eres una de
nosotros. Los ángeles que te protegían consiguieron salvarte de aquellos demonios.
Pero si no llegas hasta el castillo, las hordas te matarán. Todos los mestizos
deben superar esta prueba. Lo siento, cariño no puedo hacer más, perdóname por
no haber estado contigo mientras crecías…”
La voz de mi madre se fue
extinguiendo lentamente como la llama de una vela. Si mi madre era la Reina…yo
era la Princesa. La Princesa de los Ángeles. Me di la vuelta y a lo lejos vi
una marea negra formada por miles de demonios. En el castillo, los ángeles
preparaban a sus tropas para la batalla. Y yo estaba en medio. Recordé mi pesadilla y aún con el
miedo que me agarrotaba los músculos y el frío que me invadía el cuerpo, empecé
a correr, mientras lo hacía, empecé a batir las alas con furia, de nuevo,
corría para salvar mi vida y debía volver a ganar la carrera. Cuando estaba
justo en el borde del precipicio salté, y con un esfuerzo que casi me partió la
columna en dos, me impulsé con las alas con una fuerza desconocida en mi, fue
un instante en el que para mí, el mundo se ralentizó. Oía el estruendo de los
batallones demoníacos a mi espalda y la fuerza de la gravedad tirando de mi
cuerpo hacia abajo. Pero no pensaba rendirme. Estuve a punto de morir en el
camino. Y tenia que hablar con mi madre. Hablar mucho. Y llegué al otro lado.
Nunca podré explicar lo que sentí mientras volaba. Ni como reconocí a mi madre
entre la multitud de ángeles, a pesar de no llevar corona alguna; ni como nos abrazamos
en medio de la clamor de la batalla que ya había estallado. Los ángeles ganaron
esa batalla. Pero la guerra no ha acabado y yo debo continuarla.”
Ella
levantó la vista del diario, y todos sus recuerdos acudieron en tromba a su mente como un aguacero que bombardeaba su
cerebro. Sabía quien era. Sabía dónde estaba, y sabía la causa de su amnesia. Se
levantó de la cama y se acercó al espejo que había empotrado en la pared. Dejó
que su esencia angélica se fundiera con su cuerpo humano y vio como de su
espalda emergían, con tan solo un leve cosquilleo, dos inmaculados mantos de
plumas que la envolvieron como un manto protector. Sabía lo que debía hacer. Y
sabía que podía derrotar a los demonios que entraron en tropel en la pequeña
estancia buscándola con sus garras. Ella miró el reloj. Se había parado. Y ella
sonrió.
Este ha sido el relato.Ojalá que os gustase. Tanto si fue así como si no, ¡déjame un comentario!
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