Ojalá que os guste y comentéis.
Sin más preámbulos, "Donde te encuentre"...
.Ecos de lejanas voces chillaban en su mente. Unos gritaban reproches. Otros la insultaban. Y los que más daño le hacían sollozaban pronunciando su nombre. Ella gritaba, intentando sacudirse esas voces de su cabeza, pero nunca gritaba lo bastante fuerte. Ondas de luz discordantes, oscuras, tenues, era lo único que sus ojos veían. Los restos de una luz moribunda eran apenas unas sombras débiles sobre el negro firmamento. La oscuridad no podía ser iluminada por la llama de una vela. Retorcidas formas de humo se enroscaban en su cuerpo y entraban por sus fosas nasales. Las volutas de aquel aire le produjeron arcadas que ascendieron por su garganta. Contuvo la bilis y se esforzó en no vomitar. Su mente se distorsionaba, confundida, ahogada por todos aquellos estímulos.
Cerró los ojos y aguantó
la respiración mientras daba un paso al frente. Cepas ardientes se enrollaron
en sus tobillos y subieron hasta paralizarle
las piernas. Se cayó de bruces contra el suelo mientras sus piernas
estallaban en llamas moradas. Ni siquiera el grito que emergió de su garganta
fue suficiente para acallar las voces de su mente. Apoyó los brazos en el
suelo, pugnando por tener las fuerzas suficientes como para erguirse en medio
de aquel lugar. Las llamaradas de sus
piernas bien hubieran podido ser caricias cuando miles de espinas atravesaron
su carne. Cuando su cara impactó contra el suelo, el llanto acudió, raudo y veloz,
a bañar con su calor el rostro de ella.
Sin atreverse siquiera a moverse, levantó la vista a las entrañas de
aquella prisión. ¿Cómo había llegado a aquel lugar?
Y lo que más la atormentaba, ¿qué lugar era aquel?
De igual manera que si hubiese sido un sueño supo la respuesta. Ya la había oído.
La había desoído y un día cualquiera, en
el breve instante que dura un parpadeo, había aparecido en aquel lugar. La luz
entonces había empezado a esfumarse como volutas de humo arrastradas por
el viento. Más tarde había deseado la
muerte, y posiblemente aquello habría
sido mejor. Ahogándose en el aire, muriendo con cada bocanada, pero sobreviviendo por un malévolo capricho
del destino. Cuando las voces empezaron a gritarle, no entendía todavía porqué
la locura no la había abordado ya. Se había mantenido inmóvil, a la esperanza de, por causa de algún milagro
divino, retornase a su vida. Pero ella
no creía en los milagros, nunca lo había hecho, y por tanto, ningún milagro se
sucedió.
De nuevo volvió a escuchar
esa voz. Y no en su cabeza, sino en sus recuerdos.
Estaba en el lugar a donde
ningún humano había estado antes, donde las estrellas oscurecían, donde las aguas se ahogaban,
donde los abrazos herían, donde las nubes nunca se aclaraban, en el lugar en el que se atormentaban las
pesadillas y donde las almas hallaban su tortura. Allí se encontraba.
Recordó todas y cada una de aquellas palabras, y también
quién se las había dicho. Pero su cuerpo
era incapaz de producir más lágrimas.
Con cautela levantó uno de
sus brazos y lo observó. Pequeños y salvajes tatuajes de zarzas
punzantes manchaban su piel. Un
brillante rosetón rubí coronaba cada espina de cada zarza que
salpicaba su brazo. Sollozó, sin que ninguna lágrima mojase su cara. Su boca le pedía aire, pero aquella sustancia enrarecida que parecía envenenarla
por dentro no era lo que pedía. Las voces en su cabeza empezaron a gritar más
fuerte aún. Mientras ella se agarraba las sienes con las manos y
chillaba, los últimos vestigios de una luz en el frío horizonte de aquellas
tinieblas murieron.
Abrió los ojos cuando bien
pudiera haber transcurrido una vida entera.
No había mucha diferencia entre tenerlos cerrados y abiertos, pensó. Pero
la decisión ya había sido tomada. Saldría de aquel infierno, de la manera que
fuese. Tensó los músculos, agarrotados tras el largo tiempo inmóviles y
sin dejarle tiempo a su mente para recapacitar,
se incorporó de golpe.
Lo último que sus oídos
escucharon fue un sonoro crujido. Sus tímpanos habían estallado. Pero las voces
le gritaban dentro de su cabeza. Notó como de sus brazos la sangre emanaba a
raudales tiñendo el suelo a sus pies de carmesí. Al hedor que oprimía sus pulmones,
no tardó en unirse el olor de la carne quemada. La parte inferior de su cuerpo
ardía bajo llamaradas purpúreas. El dolor había sobrepasado con creces su
umbral. Solo su fuerza de voluntad la empujaban a seguir de pie. Su voluntad de
morir.
Creía que de sus ojos no podrían nacer más
lágrimas. Se equivocaba. Echó a correr dejando tras de sí un reguero de sangre,
piel quemada y lágrimas.
Sólo en los instantes en los que estuvo segura
de que su corazón agonizaría al fin, la
escuchó. Escuchó su voz. En medio de aquel océano de dolor en el que naufragaba,
su voz la salvó. El dolor quedó
relegado a un segundo plano, sus pies se detuvieron y sus ojos se cerraron para
perderse en las ondas armoniosas de su voz, llenando el vacío de su interior. Su voz atravesó la oscuridad y acarició su
soledad. Estaba sorda, pero aquella voz
la escuchaba con el corazón.
Cerró todos sus sentidos,
sus huesos dieron el suelo, las cenizas
de carne chamuscada se elevaron en el aire enrarecido de aquel lugar,
los gritos de su cabeza se redujeron hasta apenas ser un murmullo sosegado, que
finalmente se extinguieron. Su cabeza impactó contra el suelo y la luz de sus
ojos se apagó. Su corazón, exhausto, detuvo sus latidos. El cuerpo de ella era
un muñeco roto, pero lo que ningún ojo
jamás vio fue como el alma de ella escapaba volando en pos de una voz en el
oscuro firmamento.
Tienes una forma bonita de escribir. Me recuerda a las partes buenas de Eragon, o a cuando era pequeño y leía El Amuleto de Samarkanda escuchando LODVG. Cuanto más escribas, sea bueno o malo, cada vez escribirás mejor.
ResponderEliminarK.
Lo primero, ¡gracias por comentar!
EliminarMe alegro mucho de que te guste, Kovthe. La joven escritora te está muy agradecida. Espero, ir mejorando con mis escritos, tal vez algún día cumpla mi sueño.